Black Mirror Netflix

Incluso en el más allá podemos seguir enchufados. Como al cerdo, “Black Mirror” también le saca partido a esto.
San Junípero tiene entrada en la Wikipedia. En inglés. Y no refiere al franciscano mallorquín, apóstol de California, sino al cuarto episodio de la tercera temporada de “Black Mirror”. Resulta insólito que un solo capítulo merezca tanta atención. Es curioso que sea la menos tecnológica de las historias escritas por Charlie Brooker para su serie, que podríamos llamar futurista si no fuera una demoledora vivisección del presente. “Black Mirror”, se ha contado mil veces, también en estas páginas, se estrenó en 2011 con un capítulo visionario en el que el primer ministro británico era forzado a mantener relaciones sexuales con un cerdo. Pocos vislumbraron en aquella provocación la verdadera profundidad del planteamiento. O quizá fue ganando hondura a medida que Brooker hurgaba con su hocico en las contradicciones del hombre moderno, cada vez más aislado y desinformado, cruel paradoja.

Es ese contexto, la metafísica se abre paso en televisión, mientras “Big Brother” permanece y las Campos emulan a las Kardashian, que ya son ganas. Se suceden series como “The leftovers” (casualmente coproducida por el creador de “Perdidos”), “Westworld” y “The OA”, reflexiones profundas que, aun a riesgo de parecer cursis o pedantes, se preguntan por el sentido de la vida y la muerte.

Hace años, el principal directivo de una gran cadena contaba en privado que le habían llegado ofertas para grabar un «reality» cuyos participantes debían enfrentarse en una especie de eliminatorias de ruleta rusa (Robert de Niro sería favorito, después de su exhibición en “El cazador”). Precisamente en Rusia se plantean remedar “Los juegos del hambre”. Y no hemos llegado al límite de lo admisible o “retransmisible”. Ya hace décadas desde que un presentador desesperado (Peter Finch ganó uno de los cuatro Oscar que se llevó “Network”) amenazaba con suicidarse en directo. Por supuesto, lograba el mayor éxito de su carrera.

En el primer capítulo de la segunda temporada de “Black Mirror”, la protagonista logra “seguir en contacto” con su novio muerto gracias a un servicio que en realidad ya existe, hasta cierto punto. Hay empresas que ofrecen seguir tuiteando y retuiteando por nosotros cuando ya no estemos, gracias a algoritmos que absorben nuestros gustos en vida. En realidad, ¿cuántos muros, bitácoras y “timelines” siguen activos como barcos fantasma? En la serie (cuidado, porque en lo que queda de párrafo se cuentan cosas que destripan el capítulo, ya viejo), la novia viuda empieza a escribirse con su ser querido, o con una máquina que finge con pericia ser él. Luego consigue hablar por teléfono con el finado y acaba recibiendo en casa (cada servicio es más caro) un muñeco prácticamente idéntico al joven, que incluso lo supera en ciertas prestaciones.

El mayor mérito de la serie de Charlie Brooker no es adivinar nuestro futuro, sino prever también lo que podemos llegar a ser después de muertos. Quizá algún día tengamos a nuestra disposición un catálogo de infiernos. Puestos a cumplir condena eterna, por qué no atenuar la pena.

Orwell, Huxley, Asimov, Kafka y otros visionarios lo anticiparon casi todo. Quizá la historia coloque a Charlie Brooker en un anaquel cercano. Su último capítulo, “Odio nacional”, recoge ideas de dos de ellos, y logra ir más allá gracias a la ventaja, relativa, que le proporciona haber nacido más tarde. A los primeros les fue imposible imaginar las redes sociales y su capacidad para canalizar casi todos los pecados capitales.

En sus orígenes, “Black Mirror” fue distribuida por Endemol (sí, la creadora de Big Brother) y luego dio el salto a Netflix, la forma perfecta de cerrar el círculo: llegar a una plataforma global, con su propio algoritmo, que predice los gustos de 86 millones de suscriptores. El gigante conoce nuestros sueños, fobias, el momento en que nos cansamos de algo y el instante preciso en que ya no podremos dejarlo, por no hablar de nuestras tarjetas de crédito, tan elocuentes. Otro directivo indiscreto me confesó una madrugada que incluso nuestras cadenas de pago pueden conocer si tenemos alarma en casa, por ejemplo. Sería apasionante, además de valiente, que Brooker se atreviera a escribir sobre todo esto, sobre sí mismo. No se trata de morder ninguna mano, sino de ser consecuente hasta el extremo y alcanzar el Olimpo de los dioses. No basta con sobrevolar las nubes y jugar a serlo.

Marín Bellón / abc

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